Allende, un fanático de la legalidad

Escrito de Juan Antonio Corretjer en Correo de la Quincena, nun 185 septiembre 1973

Tomado de Comité 3 de marzo

foto de archivo de Wikimedia Commons, un depósito de contenido libre hospedado por la Fundación Wikimedia.

Estamos ante una gran tragedia hispanoamericana. El presidente chileno ha muerto y su gobierno derrocado. El suceso es de tanta importancia que requiere, a la vez ánimo más sereno, examen más amplio, tiempo mayor para expresar juicio que verdaderamente merece. A eso iremos más tarde.

Algunas cuestiones son ahora insoslayables a mi pluma, estremecida por la noticia. Salvador Allende fue mi amigo personal; hasta cierto punto, mi camarada, más allá de cualquiera otra cuestión íntima, política ideológica, uno de los hispanoamericanos más notables de nuestro tiempo y una de las personas más estimables que he conocido.

Del hecho casi inverosímil de su muerte quiero señalar estos asuntos: (1) Allende ha muerto asesinado por una afinidad irrompible a las buenas entre la derecha hispanoamericana y el imperialismo yanqui. En términos militares ésta se explica del Comando Unificado de las América cuyo centro determinante está en Washington. Mientras la Marina de Guerra Chilena se sublevaba, la Marina de Guerra Yanqui maniobraba a lo largo del mar de Chile.

(2) Dando por cierto lo improbable y aceptando por vía de discusión que Allende se suicidara quiero, así, en primera persona, dejar constancia de mi posición.  Ni me importó en el pasado ni me importa qué clase de muerte ponga fin a mi vida. Por razones explicables he vivido toda mi vida adulta con ella a la mano de manera más variada y rica que la mayoría de mis compatriotas. Sea cual sea y cuando sea, ahora y mañana, como ayer siempre bienvenida. Una, solamente una, quisiera yo que me visitara: yo, enfatizo el yo, no quisiera morir suicida. Pero a la vez reconozco, humanamente, que en ciertos momentos en determinadas circunstancias en expreso lugar, cuando la persona en sí se despersonaliza y en ella se representa la dignidad entera de un pueblo en el ejercicio de su soberanía nacional, disponer propiamente del propio cuerpo para que la canalla anti nacional no ponga sobre ella viva sus manos sucias, es un derecho que no se puede discutir a un Salvador Allende.

(3) Hora era ya de que un presidente hispanoamericano, antes de entregar cobardemente el mando recibido de su pueblo, a la primera bofetada de una de esas «panteras engalanadas» que dijo Albizu, muriera como murió Salvador Allende, bajo las ruinas de su palacio. Y en ese acto, Salvador Allende ha hecho a toda nuestra América un servicio inmensamente valioso.

Para terminar con las alusiones directamente personales a la muerte de Allende, diré que lo que perdió a él y perdió a su gobierno algo que solamente en su persona he conocido. Salvador Allende era un fanático de la legalidad y ese fanatismo suyo de la legalidad lo llevó a la muerte. Tengo en mis apuntes y recuerdos de viaje, estas palabras suyas, oídas de sus labios en 1960. Como yo le señalara que sus derrotas recientes demostraban que se le robaban sus victorias, me miró fijamente, puso en mi hombro izquierdo su mano derecha, y me dijo: » un solo  voto chileno contra mí representará siempre a Chile, y yo lo acataré sin vacilación de clase alguna.”

El numen de la tragedia
En boca de un marxista-leninista no caben palabras más absurdas, frente al análisis más somero de lo que es la democracia burguesa y al más simple examen de las relaciones de clase en una sociedad capitalista y las de las clases dominantes de ésta con el capitalismo internacional, con el imperialismo. Allende fue víctima, la víctima hispanoamericana más eminente, de algo de lo que somos muy pocos los de nuestra generación (Allende y yo nacimos el mismo año) que logramos salvarnos: esa malhadada tendencia en el movimiento comunista internacional se llama determinismo de derecha.

Para vencer, para ganar el poder, para sostenerlo, no bastan las ideas, ni las buenas intenciones, ni la honradez más acrisolada: el poder se toma por las armas, se retiene por las armas. La revolución es un hecho concreto en que una clase desplaza a otra clase por la fuerza y la violencia. Allende vaciló. Vaciló tarado por el determinismo de derecha. Es clásico  afirmar que el destino fue el númen de la tragedia antigua. De Munich acá (para poner un ejemplo universalmente reconocible) la vacilación ha demostrado ser el genio de la tragedia moderna. Allende y Chile, son la prueba más reciente y dolorosa. 

Allende y Puerto Rico
Cuando fue a tomar posición de su magistratura fui invitado. Otros puertorriqueños fueron. Yo no fui. Si su archivo privado no se ha perdido allá están escritas mis razones. Pero en la prensa de Puerto Rico dejé constancia de algunas, que no podían dejar de ser dichas. Decir cosas antipáticas a la inocencia y odiosas al oportunismo es deber que cumplir: y en este caso era deber decirlas. Las dije.

No hubo para mi otra manera de interpretar el ascenso vía elecciones de Allende a la presidencia chilena como un factor de estímulo a todo el ilusionismo pequeño burgués en toda nuestra América, y que me tocara más de cerca en Puerto Rico. Un gran muro de acumulación a la energía independentista había sido creado mediante la prédica y ejercicio de la abstención electoral: tres factores habían sido sus constructores: la herencia albizuista, la predicación y activismo de «Acción Patriótica Unitaria (APU) cuya reorientación revolucionaria dirigimos; y, la organización y desarrollo de la Liga Socialista Puertorriqueña al desprenderse de APU su mayoría marxista- leninista.

El triunfo electoral de Allende reavivó la tendencia electoralista, baldía, inútil, ridícula, tragicómica, en el PIP; y la volvió en el MPI. Otra desgracia.

Termino repitiendo las palabras con que abrí mi discurso en Guánica el pasado 25 de julio.

«La Liga Socialista Puertorriqueña quiere, en este momento mismo, fijar nuevamente su posición en cuanto a la razón principal por la cual creemos que le fue posible al imperialismo, y le ha seguido siendo posible, estabilizar su régimen. Creemos que de no haber los puertorriqueños caído en la celada de concurrir a elecciones, Estados Unidos no habría logrado estabilizar su intervención ni prolongarla hasta hoy. Por lo mismo, repetimos nuestra condenación de la participación en las elecciones coloniales.